miércoles 22 de julio de 2009

Entre tanta desolación I

Casi todo el año hace frío, aunque no en el sentido estricto de la palabra, sino más bien una temperatura agradable tirando hacia abajo en los termómetros. Quedan ya pocos lugares donde realmente haga “frío”. Este invierno he vuelto a mi ciudad, o a lo que queda de ella aunque es bastante; pero el vacío es tan grande y desolador que parece más bien una ciudad en ruinas y arrasada por la guerra más cruel. He venido con Pedro, no podía haber venido con nadie más, si no no hubiese tenido la suficiente fuerza para enfrentarme a tanto vacío, vacío provocado por nuestras propias manos.
Hacía mucho que tenía pensado el viaje. Todo empezó una mañana bastante extraña, como vienen siendo todas las mañanas desde que sucedió aquello. El sol no se veía muy bien y aunque caía una llovizna persistente tampoco estaba nublado. Esa mañana por alguna razón que desconozco me desperté llorando, tenía los ojos hinchados pensé que a lo mejor había estado llorando en sueños pero me llenaba una pena tan grande que seguía sin poder dejar de llorar. La imagen ue me devolvía el espejo me resultó extremadamente deformada aunque era yo y al reconocerme dentro de tanta tristeza esta se duplicó y lloré desconsoladamente, estallé sin poder evitarlo.
Esa noche Pedro no había dormido conmigo así que cuando llegó a la una de la tarde se asustó al verme derrumbada en el sofá en un mar de lágrimas. Intentó consolarme de todas las maneras que podía, también me hacía preguntas sobre qué me pasaba y por qué lloraba. Yo no estaba muy segura de qué era pero cuando me preguntó si quería que llamase a alguien, seguramente él estaba pensando en el médico, yo dije que a mi madre y como un rayo la causa llegó a mi mente. Quería volver a casa, a mi ciudad. Hacía más de diez años que mamá había muerto y unos ocho que habíamos tenido que irnos de la ciudad. Lo que tenía era un fuerte ataque de nostalgia, causado por algo que con seguridad me pasó el día anterior o por algún sueño. Cuando se lo dije a Pedro y le pedí que hiciésemos el viaje el ataque de llano se esfumó y como resto de él estuve un buen rato hipando como una cría.
Conseguimos un 4x4 para el viaje, lo aprovisionamos con agua, combustible y comida. Si no teníamos cuidado podía convertirse en un viaje muy peligroso, las condiciones climatológicas eran bastante duras. Recuerdo perfectamente el día que tuvimos que abandonar la ciudad, creo que fuimos unos de los últimos en marcharnos, ni siquiera se quedó algún ladrón para saquear lo que se hubiese podido olvidar o tenido que dejar en algunas casas. Todas mis muñecas de cuando era niña y aún podía jugar al aire libre sin ningún peligro de quemaduras, todos mis recuerdos amontonados por muchos años. Hacía muchos años que se especulaba sobre el abandono de las regiones situadas más al sur, pero nadie se lo tomaba muy en serio, como todo lo anterior, hasta este punto tuvimos que llegar para empezar a comprender que nos estábamos autodestruyendo.