lunes 18 de agosto de 2008

Ella tiene un billete de viaje III

Era desconcertante, desde luego nadie era como ella. Durante el camino hablamos de muchas cosas, empezamos a conocernos mejor, aunque seguía sorprendiéndome empezaba a comprenderla. Casi sin notarlo cada día la veía más, se había convertido poco a poco en una constante en mi vida. Como esa canción que no dejaba de oír ahora, la misma que oí la primera vez que salimos juntos de noche. Siempre me acordaré de la primera vez que la vi tímida, tal y como era. Además parecía como si la música flotase a su alrededor y lentamente la elevase unos centímetros del suelo, los necesarios para adivinar que la música se fundía con ella y con los ojos cerrados bailaba lentamente. Seguía oyéndola y la canción estaba unida a su imagen.

La noche fue perfecta, entramos en un pequeño bar y no salimos de allí hasta que fue tan tarde que dejaron de brillar las estrellas.

El lunes siguiente nos vimos en el recreo, no estuve mucho tiempo hablando con ella porque si no mis amigos no dejarían de burlarse de mí. Llevaban toda la mañana haciéndome preguntas y me tenían molesto.

Esa tarde me llegué a su casa. Como siempre, estuvimos bastante rato hablando. Babilas empezaba a asustarme, sabía demasiadas cosas de mí y en cambio ella era hermética, sólo esporádicamente me contaba algo suyo.

- ¿Por qué no te quedaste conmigo hoy en el recreo?

- Es que mis amigos no me dejaban en paz y no paraban de hacer bromitas estúpidas sobre ti y sobre mí.

- Pues déjalos uqe digan lo que quieran, siempre estás preocupándote de los demás, que si me ven, que si dicen. ¿No te cansas? Yo hace bastante también estaba como tú, pero aprendí a olvidarme del mundo y a dejar de pensar que todos hablaban o me miraban a mí. Si estaba pendiente de los demás desperdiciaba un tiempo que podía aprovechar para mí misma, para mis pensamientos. Ahora ya no me importan. ¿Qué piensas tú de mí?

No sabía qué contestarle, cómo expresar con palabras lo que sentía hacia ella, lo que opinaba de ella.

- Yo… tú me caes bien, no sé, eres simpática, agradable y no tienes miedo a la gente.

- Sí, pero no me has dicho nada nuevo, no eres sincero.

- ¿Qué quieres que te diga? No soy tan resuelto como tú, te admiro por una parte, por otra me asustas, eres alguien raro,- su cara se iluminaba con una sonrisa- no sabría cómo describirte, pareces salida de otro mundo. ¿De verdad eres así o todas las chicas son igual de incomprensibles?

- No sé cómo soy,- su cara volvía estar seria- no quiero hablar sobre mí. Tengo que estudiar, es tarde, si quieres te acompaño.

- No, déjalo.

Me quedé un momento mirando sus ojos verdes, muy largo debió de ser ese momento porque levantó la vista y fijando sus pupilas en mis ojos dijo:

- ¿Qué voy a hacer contigo?¿Qué?

- ¡Ah! Perdona, me voy.

Empezaba a llover, son ya las seis, el tren debe haber salido. Le gustará ver la lluvia por las ventanas del tren, le encanta ver la lluvia. No comprendo por qué se va, aquí lo tenía todo, vivía en casa de sus tíos y no le faltaban amigos para salir, además yo la apreciaba. Siento un gran vacío, creo que no volveré a sentir esto por nadie más. No quiero perderla, ¿por qué se va? Sé que no es por mí, es decisión suya pero no puedo respetarla si no tiene en cuenta mis sentimientos. Nunca los tuvo en cuenta, fui sólo alguien con quien conversar, alguien para evitar la soledad.

Era su único miedo, la soledad. Y ahora, yo aquí sólo pienso en ella que podría haber sido algo más para mí. Aún sigue lloviendo, el agua de las nubes te despide Babilas, acuérdate de mí cada vez que una gota roce tu pelo, cada vez que una nube tape el sol, cada día gris.