miércoles 30 de julio de 2008

Ella tiene un billete de viaje I

Creo que estoy triste, creo que hoy. Todo se vuelve oscuro a mi alrededor ya no veo nada. No sé qué hacer. Debería detenerla, no dejar que se fuera. Todavía tengo tiempo, son las cinco, el tren sale a las seis pero…
La primera vez que la vi, con su aire de autosuficiencia, vagaba por el patio del instituto. Iba sola, normal. Se paró en medio del patio y tranquilamente, como si la vida no pasase durante un instante, miró a su alrededor, observó en una pasada a todos los que estaban allí, cuando los hubo repasado a todos se sentó con la misma parsimonia en el filo de la acera, sacó una chocolatina del bolsillo del pantalón y se dispuso a devorarla.
Mientras su mirada se posaba sobre mí sentí como si diez mil seres me estuviesen observando y no pudiese escapar de ellos. Volví los ojos al suelo y sólo miré de nuevo cuando estuve convencido de que ya no me miraba. Estaba seguro de que ni siquiera se había fijado en mí pero ¿por qué estaba tan intranquilo? Nunca me abandonó esa sensación estando junto a ella, ¿se irá por mí? No creo. No le importaba nadie, utilizaba a cada uno según su necesidad y luego, simplemente, los olvidaba, ni siquiera les hería los sentimientos.
Siguió comiendo la chocolatina mientras sus ojos jugueteaban con los cordones de sus zapatos. Al rato llegaron sus amigas. Se sentaron con ella aunque seguía interesada en sí misma. Cuando sonó el timbre se levantó perezosamente y se dirigió a clase. Me quedé esperando a que entrase para ver de qué curso era. No conseguí averiguarlo, hasta donde más lejos la seguí fue al cuarto de baño. Llegaba tarde así que lo dejé para otra ocasión y me marché.
Después de una semana infructuosa no había conseguido averiguar su curso, se convirtió casi en una obsesión, casi en un ritual. Después del recreo la seguía… hasta el cuarto de baño. Un día no se metió en los servicios. “Bien”, pensé, la seguí por el pasillo hasta la escalera pero cuando fui a subir ella estaba esperándome en la esquina. Se puede decir que casi retrocedí ante ella, me quedé helado. Disimuladamente seguí adelante pasando de largo pero, para mi desgracia, ella me cogió de la chamarreta y me detuvo. Quería que la tierra me tragase. No sabía por qué la había estado siguiendo, ni siquiera me gustaba, sólo que… tenía algo especial, algo que a mí me faltaba.
-Ven aquí,- dijo tirando de mí- ¿por qué me sigues?, ¿te he hecho algo o qué?, ¿qué pasa, me tienes manía?
Para desgracia mía los infiernos no se abrieron con mi súplica. Un bochorno espantoso condensaba el aire y no podía casi respirar.
- ¿Qué? Yo no… No te entiendo. ¿Seguirte?- No conseguí balbucear mucho más.
- Sí, tú llevas varios días siguiéndome. ¿Qué, acaso te gusto?- Empezó a reírse y yo cada vez más nervioso no tenía fuerzas ni para echar a correr. No vi otra salida que dejar que ocurriese lo que tuviese que ocurrir y esperanzarme a que me dejase marchar. Al ver que no decía palabra me soltó.
- A ver si quedamos algún día ¿eh?- La oí decir mientras corría sin aliento escaleras arriba.