lunes 27 de julio de 2009

Entre tanta desolación II

Entonces llegó el día en que alertaron a la población, había que dejarlo todo y trasladarse a cualquier ciudad del norte del continente para estar a salvo de las radiaciones solares y la sequía, claro está que el estado proporcionaría transporte gratis al destino elegido por cada uno. Estuve llorando toda la noche, abrazada a Pedro que no podía consolarme en medio de sus propias lágrimas. Tuve que tomármelo con toda la frialdad de la que pude hacer acopio, total sólo eran sitios, lugares, cosas… sí, pero todos ellos llenos de recuerdos, con una parte de nosotros mismos, una parte de nuestra historia individual.
Las carreteras no estaban en muy buen estado pero podríamos llegar con pocas complicaciones. Cada uno nos habíamos conseguido uno de esos trajes especiales que hay ahora contra el sol. Resulta bastante duro decirlo así. Conozco a niños que nunca han visto una puesta de sol, que no tienen ni idea de la belleza que contenían, sólo por medio de algunos libros cuando los leen les parecen antiguallas y se ríen de algo que les parece tan inconcebible. El sol, nunca significó gran cosa para mí, hasta que un día empecé a perderlo; el sol, que nos da la vida y gracias a ella ahora nos está destruyendo.
De nuevo volvió el ataque de llanto cuando llegamos, todo seguía tan igual, solamente, como dije antes, vacío. Dimos una vuelta por toda la ciudad, algunos edificios, los más viejos, se habían derrumbado, la gran mayoría dejaba ver su descuido de tantos años, ¿habría vuelto alguien más durante todo aquel tiempo para verla de nuevo? Era como uno de esos antiguos pueblos fantasma de las viejas películas del oeste, sólo que no podíamos salir del coche sin los trajes protectores, luego fuimos a mi casa, todo seguía igual como si volviera del trabajo antes de la catástrofe natural. Ahora sigo escribiendo desde aquí, desde mi casa, ya hemos ido a casa de Pedro también, él dice que nunca podremos salir de aquí, que sólo nos queda esperar la muerte, aunque yo no soy tan pesimista, o quizás sí, porque todo esto lo escribo por si algún día alguien decidiese seguir nuestros pasos y nos encontrase, o por si algún día toda esta desolación tiene un final feliz repleto de agua e invierno. Las esperanzas no se evaporan muy rápido con el calor y casi no nos queda agua, deberíamos haberle hecho una revisión más a fondo al coche, ya es demasiado tarde.
25/07/95

miércoles 22 de julio de 2009

Entre tanta desolación I

Casi todo el año hace frío, aunque no en el sentido estricto de la palabra, sino más bien una temperatura agradable tirando hacia abajo en los termómetros. Quedan ya pocos lugares donde realmente haga “frío”. Este invierno he vuelto a mi ciudad, o a lo que queda de ella aunque es bastante; pero el vacío es tan grande y desolador que parece más bien una ciudad en ruinas y arrasada por la guerra más cruel. He venido con Pedro, no podía haber venido con nadie más, si no no hubiese tenido la suficiente fuerza para enfrentarme a tanto vacío, vacío provocado por nuestras propias manos.
Hacía mucho que tenía pensado el viaje. Todo empezó una mañana bastante extraña, como vienen siendo todas las mañanas desde que sucedió aquello. El sol no se veía muy bien y aunque caía una llovizna persistente tampoco estaba nublado. Esa mañana por alguna razón que desconozco me desperté llorando, tenía los ojos hinchados pensé que a lo mejor había estado llorando en sueños pero me llenaba una pena tan grande que seguía sin poder dejar de llorar. La imagen ue me devolvía el espejo me resultó extremadamente deformada aunque era yo y al reconocerme dentro de tanta tristeza esta se duplicó y lloré desconsoladamente, estallé sin poder evitarlo.
Esa noche Pedro no había dormido conmigo así que cuando llegó a la una de la tarde se asustó al verme derrumbada en el sofá en un mar de lágrimas. Intentó consolarme de todas las maneras que podía, también me hacía preguntas sobre qué me pasaba y por qué lloraba. Yo no estaba muy segura de qué era pero cuando me preguntó si quería que llamase a alguien, seguramente él estaba pensando en el médico, yo dije que a mi madre y como un rayo la causa llegó a mi mente. Quería volver a casa, a mi ciudad. Hacía más de diez años que mamá había muerto y unos ocho que habíamos tenido que irnos de la ciudad. Lo que tenía era un fuerte ataque de nostalgia, causado por algo que con seguridad me pasó el día anterior o por algún sueño. Cuando se lo dije a Pedro y le pedí que hiciésemos el viaje el ataque de llano se esfumó y como resto de él estuve un buen rato hipando como una cría.
Conseguimos un 4x4 para el viaje, lo aprovisionamos con agua, combustible y comida. Si no teníamos cuidado podía convertirse en un viaje muy peligroso, las condiciones climatológicas eran bastante duras. Recuerdo perfectamente el día que tuvimos que abandonar la ciudad, creo que fuimos unos de los últimos en marcharnos, ni siquiera se quedó algún ladrón para saquear lo que se hubiese podido olvidar o tenido que dejar en algunas casas. Todas mis muñecas de cuando era niña y aún podía jugar al aire libre sin ningún peligro de quemaduras, todos mis recuerdos amontonados por muchos años. Hacía muchos años que se especulaba sobre el abandono de las regiones situadas más al sur, pero nadie se lo tomaba muy en serio, como todo lo anterior, hasta este punto tuvimos que llegar para empezar a comprender que nos estábamos autodestruyendo.

lunes 18 de agosto de 2008

Ella tiene un billete de viaje III

Era desconcertante, desde luego nadie era como ella. Durante el camino hablamos de muchas cosas, empezamos a conocernos mejor, aunque seguía sorprendiéndome empezaba a comprenderla. Casi sin notarlo cada día la veía más, se había convertido poco a poco en una constante en mi vida. Como esa canción que no dejaba de oír ahora, la misma que oí la primera vez que salimos juntos de noche. Siempre me acordaré de la primera vez que la vi tímida, tal y como era. Además parecía como si la música flotase a su alrededor y lentamente la elevase unos centímetros del suelo, los necesarios para adivinar que la música se fundía con ella y con los ojos cerrados bailaba lentamente. Seguía oyéndola y la canción estaba unida a su imagen.

La noche fue perfecta, entramos en un pequeño bar y no salimos de allí hasta que fue tan tarde que dejaron de brillar las estrellas.

El lunes siguiente nos vimos en el recreo, no estuve mucho tiempo hablando con ella porque si no mis amigos no dejarían de burlarse de mí. Llevaban toda la mañana haciéndome preguntas y me tenían molesto.

Esa tarde me llegué a su casa. Como siempre, estuvimos bastante rato hablando. Babilas empezaba a asustarme, sabía demasiadas cosas de mí y en cambio ella era hermética, sólo esporádicamente me contaba algo suyo.

- ¿Por qué no te quedaste conmigo hoy en el recreo?

- Es que mis amigos no me dejaban en paz y no paraban de hacer bromitas estúpidas sobre ti y sobre mí.

- Pues déjalos uqe digan lo que quieran, siempre estás preocupándote de los demás, que si me ven, que si dicen. ¿No te cansas? Yo hace bastante también estaba como tú, pero aprendí a olvidarme del mundo y a dejar de pensar que todos hablaban o me miraban a mí. Si estaba pendiente de los demás desperdiciaba un tiempo que podía aprovechar para mí misma, para mis pensamientos. Ahora ya no me importan. ¿Qué piensas tú de mí?

No sabía qué contestarle, cómo expresar con palabras lo que sentía hacia ella, lo que opinaba de ella.

- Yo… tú me caes bien, no sé, eres simpática, agradable y no tienes miedo a la gente.

- Sí, pero no me has dicho nada nuevo, no eres sincero.

- ¿Qué quieres que te diga? No soy tan resuelto como tú, te admiro por una parte, por otra me asustas, eres alguien raro,- su cara se iluminaba con una sonrisa- no sabría cómo describirte, pareces salida de otro mundo. ¿De verdad eres así o todas las chicas son igual de incomprensibles?

- No sé cómo soy,- su cara volvía estar seria- no quiero hablar sobre mí. Tengo que estudiar, es tarde, si quieres te acompaño.

- No, déjalo.

Me quedé un momento mirando sus ojos verdes, muy largo debió de ser ese momento porque levantó la vista y fijando sus pupilas en mis ojos dijo:

- ¿Qué voy a hacer contigo?¿Qué?

- ¡Ah! Perdona, me voy.

Empezaba a llover, son ya las seis, el tren debe haber salido. Le gustará ver la lluvia por las ventanas del tren, le encanta ver la lluvia. No comprendo por qué se va, aquí lo tenía todo, vivía en casa de sus tíos y no le faltaban amigos para salir, además yo la apreciaba. Siento un gran vacío, creo que no volveré a sentir esto por nadie más. No quiero perderla, ¿por qué se va? Sé que no es por mí, es decisión suya pero no puedo respetarla si no tiene en cuenta mis sentimientos. Nunca los tuvo en cuenta, fui sólo alguien con quien conversar, alguien para evitar la soledad.

Era su único miedo, la soledad. Y ahora, yo aquí sólo pienso en ella que podría haber sido algo más para mí. Aún sigue lloviendo, el agua de las nubes te despide Babilas, acuérdate de mí cada vez que una gota roce tu pelo, cada vez que una nube tape el sol, cada día gris.

martes 5 de agosto de 2008

Ella tiene un billete de viaje II

Ese día estuve pensando muchas veces lo que había sucedido. No acababa de asimilar mi torpeza, cómo pudo darse cuenta, tan cegado estaba con esa obsesión. ¿Diría en serio lo de quedar? Decidí evitarla todo lo que fuese posible pero cada vez que nos cruzábamos me saludaba efusivamente dejándome cortado.
No era como las demás, despedía una fuerte atracción que hacía que todos la siguiésemos con la mirada, o por lo menos casi todos. Su ropa no era especial, no iba a la última moda, ni siquiera le preocupaba. Quizás sabía que nadie se fijaba jamás en lo que llevaba puesto si no que todos miraban el conjunto sin percatarse de detalle alguno. Estudiaba un curso más que yo, aunque parecía atemporal ya me lo había imaginado, más que nada por la gente con la que iba.
Una vez al salir de clase me alcanzó por una calle y empezó a hablar conmigo. Yo me quedé sorprendido por su forma tan resuelta de asaltarme pero decidí mostrarme tal y como era aunque por la vergüenza me resultase difícil.
- Estoy harta de las matemáticas ¿a ti te gustan? Yo verdaderamente las odio, no sé cómo demonios voy a aprobarlas.
- Yo… No, no me gustan mucho, prefiero la física aunque no se me da muy bien.
- Hombre, si sabes hablar, creí que ibas a hacer como siempre y te ibas a estar calladito.
- Sí, sé hablar.
- ¡Oh, milagro! Y ese que habla tanto ¿cómo se llama?
- Julio.
- Bonito nombre, yo soy Babilas, por si te interesa.- Alargó la mano amigablemente, una corriente de magia corrió entre los dos cuando se la estreché.
Seguimos hablando bastante tiempo, hasta que ella tuvo que torcer por otro sitio, casi sin sentirlo habíamos quedado para ir esa misma tarde juntos a comprar unos libros de textos que todavía nos faltaban.
Quedamos en que ella me recogería en la avenida, cuando llegué ya estaba esperando.
- ¿Llevas mucho tiempo aquí?- Le pregunté.
- No, que va, acabo de llegar. Bueno ¿nos vamos? Odio el ruido del tráfico y por aquí parece que lo oigo en estéreo.
- Sí, es bastante molesto. ¿Qué autobús cogemos?
- Ninguno- dijo decididamente- bueno, si a ti no te importa ir andando.
- No, me da igual.
- Es que en el autobús no se puede conversar bien, además hace un día espléndido.
- Pero, si va a llover.- Dije perplejo.
- Por eso.

miércoles 30 de julio de 2008

Ella tiene un billete de viaje I

Creo que estoy triste, creo que hoy. Todo se vuelve oscuro a mi alrededor ya no veo nada. No sé qué hacer. Debería detenerla, no dejar que se fuera. Todavía tengo tiempo, son las cinco, el tren sale a las seis pero…
La primera vez que la vi, con su aire de autosuficiencia, vagaba por el patio del instituto. Iba sola, normal. Se paró en medio del patio y tranquilamente, como si la vida no pasase durante un instante, miró a su alrededor, observó en una pasada a todos los que estaban allí, cuando los hubo repasado a todos se sentó con la misma parsimonia en el filo de la acera, sacó una chocolatina del bolsillo del pantalón y se dispuso a devorarla.
Mientras su mirada se posaba sobre mí sentí como si diez mil seres me estuviesen observando y no pudiese escapar de ellos. Volví los ojos al suelo y sólo miré de nuevo cuando estuve convencido de que ya no me miraba. Estaba seguro de que ni siquiera se había fijado en mí pero ¿por qué estaba tan intranquilo? Nunca me abandonó esa sensación estando junto a ella, ¿se irá por mí? No creo. No le importaba nadie, utilizaba a cada uno según su necesidad y luego, simplemente, los olvidaba, ni siquiera les hería los sentimientos.
Siguió comiendo la chocolatina mientras sus ojos jugueteaban con los cordones de sus zapatos. Al rato llegaron sus amigas. Se sentaron con ella aunque seguía interesada en sí misma. Cuando sonó el timbre se levantó perezosamente y se dirigió a clase. Me quedé esperando a que entrase para ver de qué curso era. No conseguí averiguarlo, hasta donde más lejos la seguí fue al cuarto de baño. Llegaba tarde así que lo dejé para otra ocasión y me marché.
Después de una semana infructuosa no había conseguido averiguar su curso, se convirtió casi en una obsesión, casi en un ritual. Después del recreo la seguía… hasta el cuarto de baño. Un día no se metió en los servicios. “Bien”, pensé, la seguí por el pasillo hasta la escalera pero cuando fui a subir ella estaba esperándome en la esquina. Se puede decir que casi retrocedí ante ella, me quedé helado. Disimuladamente seguí adelante pasando de largo pero, para mi desgracia, ella me cogió de la chamarreta y me detuvo. Quería que la tierra me tragase. No sabía por qué la había estado siguiendo, ni siquiera me gustaba, sólo que… tenía algo especial, algo que a mí me faltaba.
-Ven aquí,- dijo tirando de mí- ¿por qué me sigues?, ¿te he hecho algo o qué?, ¿qué pasa, me tienes manía?
Para desgracia mía los infiernos no se abrieron con mi súplica. Un bochorno espantoso condensaba el aire y no podía casi respirar.
- ¿Qué? Yo no… No te entiendo. ¿Seguirte?- No conseguí balbucear mucho más.
- Sí, tú llevas varios días siguiéndome. ¿Qué, acaso te gusto?- Empezó a reírse y yo cada vez más nervioso no tenía fuerzas ni para echar a correr. No vi otra salida que dejar que ocurriese lo que tuviese que ocurrir y esperanzarme a que me dejase marchar. Al ver que no decía palabra me soltó.
- A ver si quedamos algún día ¿eh?- La oí decir mientras corría sin aliento escaleras arriba.

miércoles 16 de julio de 2008

Sin memoria IV

Revisó su agenda, en ella ponía claramente que el 23 de diciembre había quedado con su madre para ir a comprar los regalos de Reyes, y además, el 23 de diciembre de 1988. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Parecía como si todos se hubiesen confabulado en su contra? ¿Sería por eso que veía las calles tan extrañas? Pero ¿cómo había llegado hasta allí?

Le dijo al taxista que parase frente a la biblioteca municipal. Le pagó con lo único que llevaba encima de valor, sus pendientes. Entró en la biblioteca y pidió los periódicos de diciembre del 88 y enero del 89, todos los que tuviesen. Durante más de una hora no encontró nada pero cuando empezó a leer los periódicos de la tercera semana de diciembre un suceso le llamó la atención: “Crimen pasional en el edificio Valencia”. En él se narraba como una mujer cuyas iniciales correspondían a las suyas había acuchillado a su amante, llamado I. H. D., y después se había suicidado con la misma arma. El crimen, aunque al principio evidente, dejaba algunos cabos suelto; además, se tenían pruebas de que alguien más había estado presente durante el suceso.

Si no hubiese sido porque aparecían sus iniciales ni siquiera lo habría hojeado pero ahora la había dejado aún más confusa. ¿Cómo ella podía haberse suicidado? No es que pudiese o no, es que era imposible. ¡Si estaba aquí, ahora!, ¡estaba viva!

En otro periódico de fecha más adelantada se anunciaba que la policía había cerrado el caso debido a la imposibilidad de averiguar la identidad de esa tercera persona. Buscó las necrológicas de ese día y allí estaba su nombre, salió sin ni siquiera guardar los periódicos.

Fin Año ??? 89/92

sábado 12 de julio de 2008

Sin memoria III

Ya era demasiado tarde, quería descansar, sus piernas empezaban a fallarle y su estómago no dejaba de gruñir por el hambre. Había empezado a llover lentamente, como un suspiro; mientras las gotas le mojaban el pelo y la cara pensó en su vida, algo que había dejado de tener valor para ella, sólo ahora con la lluvia se sentía viva. No había estado muerta sino vacía. La lluvia la llenaba, le traía recuerdos agradables, tardes tranquilas tras una ventana, largos paseos. Respiró profundamente el aroma de la lluvia y formó parte de ella. A la mañana siguiente se despertó entumecida, era la primera vez que dormía en un banco y además toda la noche había estado lloviendo, aunque eso era lo último que le preocupaba. Se dirigió hacia la comisaría, al pasar frente a un escaparate quedó horrorizada por la imagen que vio, estaba realmente desastrada. No se le ocurría ningún sitio donde podría arreglarse, de todas formas ¿qué importaba si dentro de unos momentos estaría en una celda como sospechosa de un asesinato?

Tranquilamente entró en la comisaría, en la recepción le dijo a un policía que atendía en esos momentos el teléfono que había presenciado un asesinato pero no se acordaba muy bien.

- Vale, vale ¿por qué no viene mañana?- Le contestó despreocupadamente.

- Pero… - Se había quedado aturdida.- ¿No comprende que he podido ser yo quien lo haya matado? ¡No puedo seguir así!

- Tranquilícese, no se ponga nerviosa, ahora mismo la atiendo.

Su respiración estaba agitada y el corazón parecía salírsele del pecho. Todo estaba hecho. Al momento llegó una pareja de policías.

- Por favor, acompáñenos.

La cogieron por los brazos y fue con ellos resignada. Cuál no sería su sorpresa cuando de un empujón se encontró de nuevo en la calle. El agua se había salido del vaso, había sido el colmo, ni la propia policía la tomaba en serio. Tomó un taxi sin tener una idea fija de qué debía hacer ahora. Aun sin dinero montó en él y le dijo que diera unas vueltas por la ciudad, que quería verla. A lo mejor ya era el día de Navidad, no sabía nada de su familia, solía pasar ese día con todos en reunión.

- ¿Qué día es hoy?- Le preguntó al taxista.

- 12 de febrero.- Respondió secamente.

- ¿Me toma el pelo?, pero si ayer era 23.

- Quien me toma el pelo es usted. ¿Es que me ha visto cara de lelo? Le digo que estamos a 12 de febrero de 1993.